Sabtu, 08 Mei 2010

EL COLLAR DEL DESEO: tatuarse el viento

Ana Laura Barriendos me escribe, como en una adivinanza: "Tengo un tatuaje que seguro reconocerás". Inmediatamente pienso en las caligrafías de Hassan Massoudy que habitan los libros del deseo en Mogador. Tal vez no hay otras que yo pudiera reconocer tan fácilmente como ella lo promete. En dos notas anteriores, Tatuarse es hacer un collage con el cuerpo, y La vida y la obra como una sola caligrafía, comento esta sorpresiva aparición de las caligrafías de mis libros sobre la piel y muestro algunas de las más bellas imágenes que me han llegado.
Después de eso, mi amigo el calígrafo Massoudy se asombró de que sean tantos los cuerpos de mujeres bellas que en México y en otros países llevan tatuada su obra. Tantas las mujeres que han decidido publicar íntimamente sus caligrafías en sus cuerpos. "Si esto sigue así llegará un momento, me dice en broma Hassan, en que habrá más obra mía sobre la piel de las lectoras de Mogador que sobre papel".
Llega la imagen, llena de belleza y misterio: Ana Laura de espaldas, la mano en el marco de la puerta y, sobre el cuello su tatuaje que danza.
Lleva el pelo recogido y gira levemente para que se vea mejor su nuca escrita. No se ven sus ojos pero una larga pestaña, como inicio de una caligrafía en el aire, deja suponer que mira su mano. Se adivina, una leve sonrisa. Se ve cómo, muy cerca de los hilos de tinta, nacen los cabellos en la nuca dibujando esa otra caligrafía que se peina, que el viento mece, que se acaricia.
Un rayo de sol decidido, con su mano luminosa, toca el hombro izquierdo y se adentra apenas en la espalda. El tatuaje, al centro, parece escurrirse un poco hacia abajo, dejándose llevar por la gravedad hacia la columna vertebral de Ana Laura. Su espalda, bellamente formada, anuncia un canal perfecto. Si la tinta se escurriera de verdad, una gota llegaría sin duda al final de la espalda, al arranque de la hendidura de su nalgas.
La caligrafía que ella ha decidido ponerse en la piel salió de mi novela En los labios del agua. Casi al principio, el personaje principal que es un calígrafo se da cuenta de que el mar, el viento y todo lo que él siente, se mete en sus trazos. Y al escribir cualquier palabra el dibujo de sus letras se llena de significados imprevistos. La palabra mujer ondula como las caricias que ha dejado en su amante. Pierde el control total de sus líneas. El deseo y el amor lo trastornan. Pero el resultado, tal vez por eso, es más contundente.
Esa palabra, mujer, alterada en la mano del amante, fue dibujada originalmente por Massoudy para un poema de Gibrán Jalil Gibrán. Él me permitió ponerla en este nuevo contexto donde el control de la mano y el deseo se vuelven explosivos, donde el oficio se transforma y se mejora por las conmociones más íntimas e intensas de la vida: las del amor deseante. La forma del arabesco, en la caligrafía, con frecuencia dice más que el significado directo de las palabras dibujadas. Esta palabra diría tal vez: "mujer deseada y deseante" "Mujer que danza la música del deseo". Y por eso la seleccioné entre muchas. En el poema de Gibrán, el amante previene:

"No olvides que iré hacia ti.
Un instante y mi deseo parecerá polvo
y espuma sobre un cuerpo.
Otro instante, en el reposo del viento,
y una mujer me llevará sobre ella.
Y apenas ayer nos conocimos
en un sueño."

Al enviarme su imagen Ana Laura me dice: "Quise llevar conmigo el recuerdo de lo que tu libro me hizo sentir. Y ahora, a través de fotografías, lo comparto con un amante que se encuentra lejos, con la esperanza de que recuerde cuando me abrazaba por la espalda para olerme el cuello y mirarlo de cerca. Aunque yo lo llevo puesto, de alguna forma siento que es tan tuyo como mío."
Le pido permiso para ponerlo en mi blog, le pregunto si tiene más tatuajes en el cuerpo y le pido que me cuente con más detalle sus historias de deseo alrededor de este tatuaje.
Ana Laura responde: "Qué alegría que te guste. Como es nuestro puedes ponerlo con esas hermosas fotos tatuadas de tu blog, será un honor. No tengo más tatuajes. Desde que te leí me capturaron las formas de éste y quise dedicarle mi piel por completo. Mucha gente me pregunta qué significa (empezando por el tatuador), yo sólo sonrío y respondo "no sé" mientras me digo a mí misma "deseo".
No se equivoca al pensar que uno de los significados de esta caligrafía puede ser "deseo" además del significado literal que es: "mujer". Porque en una caligrafía el significado también, y algunas veces sobre todo, está en su forma. Aquí está sin duda en el viaje de sus líneas, en la manera que tienen de de acoplarse y desenredarse, tocarse apenas o hacerse nudo.
Es un dibujo perfecto para el cuello: casi un collar secreto. Una guía de besos y caricias demoradas. Una prohibición de la prisa. Imagino al amante besando minuciosamente este cuello, siguiendo despacio las líneas de esta palabra poema, dibujándola de nuevo con su boca. Haciéndolo de nuevo con la punta de la lengua, secando cada trazo con el calor de su aliento.
Ana Laura concluye y promete: "Me encanta la idea de contarte más, para ti o para que lo pongas con la foto, tú decide. Estoy viajando ahora pero prometo enviarlo pronto. Por ahora te adelanto que en mis mañanas tranquilas sigo recibiendo al sol en una de las orillas de mi cama."
Cuando lleguen las historias de Ana Laura las pondré aquí mismo como continuación o reescritura de esta nota. (Ya son muchas las notas de este blog a las que añado detalles. Es un blog reescrito.) Su última frase, sobre su costumbre de esperar al sol a la orilla de su cama, se refiere a un pasaje fundamental de Los jardines secretos de Mogador, en el que Jassiba se vuelve amante del sol al hacer el amor con el primer rayo de la mañana que toca su vientre, que llega poco a poco hasta sus labios vaginales.
Esa escena es producto de un testimonio que recibí de boca de una de las mujeres embarazadas que interrogué sobre su vida erótica durante ese periodo tan especial de su vida. Uno de los muchos testimonios que, además de sorprenderme, me sirvieron para escribir ese libro. "Masturbarse con el sol es una delicia. Pero se necesita ser hipersensible para lograrlo", me escribió la mujer que me contó su experiencia solar y me pidió que no revelara su nombre.
Ese segundo capítulo de Los jardines secretos de Mogador, "Jassiba jardinera obsesiva", es contado por Aziz, el amante sorprendido que difícilmente comprende todo lo que sucede en Jassiba:
"Aquella mañana tuve finalmente que aceptarlo. Se había apoderado de Jassiba una extraña obsesión por los jardines.
Comenzó como cualquier otra manía: con una mirada extraña, indescifrable. ¿Qué veía Jassiba en todo con esa nueva fijeza? Al principio no le di mucha importancia.
Luego parecía dejarse hipnotizar por ciertas flores como si mirara al mar o al fuego. En todos los rincones de la ciudad y hasta en las calles quería sembrar árboles. No sólo quería entrar en el patio interior de todas las casas de Mogador donde hubiera el menor indicio de una planta sino que, además, comenzó a mirarnos a todos y a todo como si fuéramos parte de algún jardín en movimiento.
Según ella, sus amistades se marchitaban o florecían, algunas se plagaban. Había también personas que eran flores de un día. Injertos, abonos y podas eran algunas de sus palabras favoritas para describir todo lo que hacía y por qué lo hacía. Para ella el mundo entero se convirtió de pronto en la transcripción de un gran jardín, el jardín que contiene a todos los jardines.
Un día la sorprendí sentada cerca de su ventana, ofreciendo su piel al primer sol del día. Los pies primero, luego las piernas, y más tarde la madeja de su pubis que ella miraba como si fuera un arbusto, un bosque, un sembradío. “Mis plantas se alegran”, me dijo sonriente, sin retirar la vista del mechón de vellos alborotados sobre su vientre. Una nueva línea obscura parecía crecer delicadamente hacia su ombligo. Era feliz y estaba llena de paz, como alguien contemplando uno de esos paisajes que llenan el horizonte.
Pero comencé de verdad a preocuparme el día que ella despertó emocionada gritando: "Ya llegó el gran jardinero", justo cuando iba saliendo el sol. Abrió la cortina hasta que se iluminó un filón de su cama y se desnudó para ofrecerse al primer rayo de calor de la mañana. Extendió sus piernas muy lentamente, luego fue separándolas con emoción y, sin tocarse, muy despacio, columpiando su respiración y su pubis al filo tenaz de la luz, hizo el amor con el sol.
Yo la miraba en silencio, asustado y fascinado al mismo tiempo, lleno de escalofríos, celoso de los dedos afilados del sol. No me atreví a tocarla o siquiera a interrumpirla. Sentí que mis manos estaban, sin remedio, muy frías. Después de haber recuperado el aliento pero aún respirando profundamente, Jassiba se acercó despacio, me acarició la mejilla, me dio un beso y me dijo al oído, con voz lenta y grave, que su felicidad era enorme, que había estado en el paraíso, en el jardín de los dedos del sol. Me quedé mudo, atado a mi sorpresa. "


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